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La abuela del barrio Ceferino que cumplió 90 años y sueña con ser tatarabuela

 “Uno, en Catamarca, se dedicaba a hacer las tareas de la casa. Había que juntar algarrobo para tener alimento para los animales en invierno, mantener la planta de comino para que creciera linda. Muchas veces era salir del colegio e ir a trabajar”, dice Jacinta Barrionuevo de Nieva al recordar su infancia. La mujer cumplió 90 años y ha sido testigo de cómo cambió la vida tanto en sus pagos como en Comodoro, la ciudad que, junto a su marido, eligieron para que fuera su hogar.

Jacinta es una de las vecinas más antiguas del sector de Wilde y Soldado Almonacid, ese rincón del barrio Ceferino que se encuentra a solo unos metros de la avenida Juan XXIII. La última semana estuvo de festejo y lo celebró con su familia, amigos y vecinos, que se acercaron a saludarla por sus nueve décadas.

UNA VIDA DISTINTA

Jacinta guarda consigo una historia de sacrificio, crecimiento y amor incondicional por la familia. Es una pionera, una de tantas mujeres que llegó a esta tierra para acompañar a los hombres que venían a trabajar en el petróleo. Otros tiempos.

Nacida en Orán, Salta, pero criada en Catamarca, se casó con Bonifacio Osvaldo Nieva en abril de 1955 y, con apenas 19 años, llegó a Comodoro buscando un futuro mejor, y lo logró.

En sus primeros tiempos junto a su marido se instalaron en una casa del pasaje Barros, en el centro de la ciudad, donde vivieron unos años. En aquella época la vida era muy distinta y el trabajo también, y por supuesto ella lo recuerda.

“En esos tiempos los esposos iban a los campamentos. No era como ahora, que van, trabajan cierta cantidad de tiempo y regresan. Los esposos trabajaban en el campo y veían lo poco que podían venir. Así que a mis hijos los crié sola”, recordó Jacinta con la lucidez de quien no olvida los desafíos.

En 1972 Jacinta y Bonifacio se mudaron a la casa que hoy es el epicentro de su hogar, allí, sobre la calle Soldado Almonacid. En ese entonces el barrio, con sus calles de tierra y la cercanía al cementerio, era muy diferente a la Comodoro que conocemos hoy. Sin embargo, en esa geografía rústica Jacinta no solo construyó su hogar, sino que también forjó una comunidad con los vecinos, muchos de los cuales aún viven cerca.

La mujer siempre se dedicó al cuidado de sus hijos —Mabel (69), Virginia, Adriana, Fernando y Valerio—, pero cuando a su marido lo jubilaron y el dinero no alcanzaba, salió a trabajar para ayudar con la economía familiar. «Trabajaba en tres lugares», contó a ADNSUR. «En un lugar iba a cuidar a unos chicos; la familia, por ahí, me llevaba y me traía, y así fue un tiempo, hasta que nos fuimos obligando a arreglarnos de la manera que uno puede para poder salir adelante.»

Pero su esfuerzo no se limitó a lo laboral. Su hija Mabel la describe como una mujer de energía inagotable y, con 90 años, conserva una salud admirable. «Ella no tiene problemas de corazón, no tiene diabetes, no tiene colesterol, no tiene problemas renales; ella está impecable. Siempre le gustó caminar. Ahora la doña no quiere dar ni un paso, pero no sabés lo que caminaba. Iba a comprar, a visitar a sus hermanas, para todos lados. Le gustaba mucho», afirma con orgullo su hija.

El pequeño hogar que Jacinta y Bonifacio construyeron se convirtió en un verdadero punto de encuentro. De los cinco hijos nacidos del matrimonio surgieron 19 nietos y 37 bisnietos.

Los encuentros son multitudinarios y pocas veces pueden reunirse todos. Son más de 80 personas; aunque ella admite el cariño y la felicidad que le produce ver a su familia unida, siente que aún le queda una meta por alcanzar: ser tatarabuela.

“Gracias a Dios estoy re bien, rodeada de cariño. Estamos unidos en las buenas y en las malas. Tengo muchos hermanos, nietos y bisnietos; falta el tataranieto nomás”, dice entre risas. “Pero, gracias a Dios, no puedo quejarme; hay que seguir”, dice con alegría y orgullo la vecina del Ceferino que cumplió 90 años, toda una vida en ese pequeño rincón de Comodoro.